Opinión

Callejón del Beso, la historia de amor se repite

Por: Arq. Octavio Hernández Díaz, Presidente de Guanajuato Patrimonio de la Humanidad, A.C.

Muy oportuno es comentar sobre la algarabía que, para estas fechas, los niños de Guanajuato gozaban, esperando día con día el regalo de los Reyes Magos, tres sabios que visitaron a Jesús en su nacimiento, provenientes de Persia y que, de manera simbólica, el acto se repite año con año en el seno de las familias en el mundo.

En  Guanajuato, dos personajes inolvidables fueron el centro y el acercamiento de Melchor, Gaspar y Baltazar,  el negocio se ubicaba en la Plazuela de San Fernando, atendido por  Doña Chenchita y Don Macario; con antelación se preparaban para montar su puesto de juguetes y los niños acudían domingo a domingo para ver las novedades y los mejores artículos, como bicicletas, triciclos, carros de todo tipo, muñecas, juegos de té, aros, trenecitos, etc., hacer la lista y redactar la carta para colocarla junto a un zapato, esperando con ilusión disfrutar, en los días siguientes, a partir del 6 de enero, los regalos bien merecidos por su buen comportamiento durante el año.

Doña Chenchita nació en 1899, era una mujer bella de mucha energía chaparrita de tez blanca, muy trabajadora y Don Macario, nació en 1909, un hombre alto, corpulento, poco pelo, con sombrero de palma de ala ancha, siempre con un paliacate rojo al cuello, o de otros colores, con el que frecuentemente limpiaba el sudor, provocado por el trabajo diario, pues no era fácil cargar y descargar grandes cajas repletas de los mejores juguetes de Guanajuato.

Ambos personajes fueron ejemplo de trabajo, de ahínco, de entrega, de amor; de alguna manera adoptaron a los niños de Guanajuato; ellos, a la vez, parecían niños, alegres, motivados, sonrientes y muy contentos de servir para que la alegría de todos se diera; dos seres humanos muy importantes que vinieron al mundo para lograr la misión qué divinamente les había sido encomendada, como si hubieran formado parte de un libro de cuentos y que llegaron a esta tierra bendita para hacer felices a cientos de niños guanajuatenses.

Es de todos sabido la leyenda del callejón del Beso:  en la época de bonanza minera, Doña Ana, una bellísima mujer, alta, de un cuerpo acinturado y rica española y Don Carlos, un caballero de elegante estampa, de porte fino que le llevaba serenata, pero con un gran “defecto”, ser un pobre minero; se enamoraron profundamente y por razones del destino vivieron en las casas cuyas fachadas, sus balcones, se “encuentran”.

En la escena, un padre celoso y molesto por el cortejo a su hija de un pobretón; un trágico día les descubre besándose de  balcón a balcón y cegado con coraje y celos desfunda su daga y la encaja en la espalda a su hija Ana, quien letalmente de inmediato se desvanece y Don Carlos con intenso llanto e impotencia le da un último beso en la palma de su mano; el padre de Ana, al ver el error en que había incurrido huye y jamás se supo de él, Don Carlos vagó durante muchos años por los callejones y plazas de Guanajuato, añorando a su amada Ana y lamentando su irreparable pérdida; algunos vecinos dicen que en la madrugada, aún se escuchan voces amorosas y luego gritos aterradores que recuerdan el dramático acontecimiento.

De alguna manera, en otro sentido, la leyenda, la historia se repite: un día llega Doña Inocencia Andrade y Don Macario Arriaga, ella diez años más grande, pero no se notaba la diferencia de edad,  se veían joviales, siempre radiantes, ambos huérfanos, plenamente enamorados, él comenzó el cortejo, le regalaba flores y en ocasiones le cantaba al oído; su unión se distinguía por su notoria comunicación, amistad, trabajo, tolerancia y especial cariño y la comunidad del barrio de la “Bola”, les reconocía y admiraba; ambos fueron un maravilloso ejemplo y llegaron al final de sus vidas con un amor profundo.

Don Macario platicaba que había abandonado a su primera mujer, pues se enamoró perdidamente de Inocencia, decía: “No me arrepiento de ese acto, porque en cuestiones del corazón, un hombre no ha de temerle ni al infierno”.

Más adelante llegan a vivir en ambas casas; personajes de trabajo desde niños, tuvieron tres hijos que murieron pequeños, quizá fue uno de los factores que provocaron a amar a los niños de Guanajuato, pues se regocijaban al verlos disfrutar los juguetes que les proveían.

Se dice que la casa donde vivió Doña Ana perteneció a un militar de apellido Guajardo, a quien Don Macario compró en $ 800.00, sus ahorros, él curiosamente, también fue minero.

En una entrevista realizada a Macario, en agosto de 1981, por Mary Lou Dabdoub, dijo: “La casa donde vivió Don  Carlos perteneció a  Clotilde Ávila, conocida en todo Guanajuato como Doña “Clote”, una anciana curandera que vivía con un nieto zapatero, la casa era escenario de extrañas ceremonias que provocaban a los vecinos tanto miedo como admiración, velaciones, limpias, reuniones de danzantes enmascarados, cánticos de ultratumba y extrañas luces que daban calor o frío, se rumoraba que Doña “Clote”, tenía escondido mucho dinero, pero cuando la anciana murió nadie pudo hallar su tesoro, el nieto vivió por un tiempo en la casa y al fin cansado de que lo espantaron los espectros accedió a vendérmela por solo dos mil quinientos pesos”.

En alguna ocasión escuchamos que Doña “Clote” hacía “rollitos” de billetes y los escondía en las hendiduras de los muros de adobe. En realidad, nadie lo pudo constatar.

Fue así como se reescribe nuevamente la historia de Doña Ana y Don Carlos, pero ahora con “Doña Chenchita y Don Macario”, con un amor diferente, dar alegría a los niños guanajuatenses, a través de los Reyes Magos.

El Callejón del Beso, escenario de novelas, películas, múltiples fotografías, es un punto mágico en nuestra ciudad, lo visitan miles de parejas que gozan de sentir que, al darse un intenso beso, su amor será eterno, seguramente así será, pues el espíritu de amor de Doña Ana, Don Carlos, Doña Chenchita y Don Macario, perdurará por siempre.

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